Petipa visita Sevilla de la mano de José Carlos Martínez


¿Qué sabríamos hoy de la historia del baile español sin el testimonio que nos dejaron esos ilustres “guiris” que visitaron nuestro país allá por el XIX? Desde luego, gracias a lo que escribieron, entre otros, Richard Ford, Vassili Botkine, Teófilo Gautier y Jean-Charles Davillier, y, por supuesto, a los dibujos de Gustavo Doré, podemos reconstruir hoy con bastante fiabilidad el pasado de nuestras danzas.
En este selecto grupo de viajeros debemos incluir al francés Mario Petipa (1818-1910), que nos visitó de 1844 a 1847, que se apasionó por nuestros bailes populares, que bailó en el Teatro Real de Madrid, que compartió tablas con Marie Guy-Stéphan, famosa bolera asimismo de origen francés, y que nos dejó numerosas coreografías que elevaron parte de nuestro folclore a la categoría del ballet clásico. Tres de ellas —la jota, la seguidilla. y el fandango— ponen el sello español en el Don Quijote que estrenó en 1869 en el Teatro Bolshoy de Moscú y que la Compañía Nacional de Danza, dirigida por José Carlos Martínez ha traído al Maestranza sevillano —esta versión se estrenó el 16 de diciembre de 2015 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid—.
José Carlos Martínez (Cartagena, 1969) parte del trabajo de Petipa y Alexander Gorsky, pero, respetando su coreografía y con la ayuda de Mayte Chico que monta la seguidilla y el fandango, pone nuevas dosis de vitalismo y un soplo de nervio y pasión hispana en la partitura de Ludwig Minkus. En su haber hemos de incluir también el tratamiento que da a Don Quijote, dotándole de una dignidad de la que carece en otras versiones. El paso a dos con Dulcinea que sigue a su lucha con los molinos de viento y los etéreos movimientos en puntas del coro de hadas, ausentes en otras prestigiosas versiones de esta obra, recuperan para el ballet romántico a un personaje injustamente tratado hasta ahora. Y lo mismo puede decirse de Camacho y Sancho Panza, con una bien medida comicidad.


Un disciplinado cuerpo de baile con Cristina Casa/YaeGee Park/Harui Otani (Quiteria), Yanier Gómez/Esteban Berlanga/Ángel García Molinero/Antony Pina (Basilio), Isaac Montllor/Jess Inglis (Don Quijote), Seh Yun Kim/Giada Rossi (Dulcinea), Álvaro Madrigal/Niccolò Balissini (Camacho) y Jesús Florencio (Sancho Panza) como bailarines principales, dan vida al tumultuoso romance de “Las bodas de Camacho”.  Todos llevan a cabo un trabajo impecable, en el que, entre otros muchos momentos estelares, sobresalen los espectaculares saltos y evoluciones de las danzas corales de toreros, gitanos —justo es destacar a Antony Pina en su papel de jefe de grupo— y driadas, sin que falten las clásicas e imprescindibles exhibiciones de virtuosismo técnico de los primeros bailarines —los más de treinta “fouettées” de Cristina Casa nos dejaron sin aliento— que prácticamente ponen fin a la obra. Un obra que supera con creces todas las versiones anteriores —Nureyev, Barishnikov— que hemos tenido la oportunidad de conocer.




La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, dirigida por Manuel Coves, estuvo a la altura del nivel exigible de este acontecimiento artístico y el público no regateó aplausos durante las más de dos horas que duró la función.
El Maestranza volvió a estar por unos días en ese círculo escogido de los mejores coliseos mundiales de la danza.
Finalmente, creo que no está de más incluir unas líneas que den cuenta de quién es y qué méritos ha contraído José Carlos Martínez. Estos son algunos: Prix de Lausanne, Prix de l ‘Arop, Prix Carpeaux, Premio Danza & Danza, Premio Léonide Massine-Positano, Medalla de Oro en el Concurso Internacional de Varna, Premio Nacional de Danza, Medalla de Oro de la Ciudad de Cartagena, Premio Elegance et Talent France/Chine, Premio de las Artes Escénicas (Valencia), Premio Benois de la Danse y Comendador de la Orden de las Artes y las Letras de Francia.

                                                                                                                         José Luis Navarro y Eulalia Pablo

                                                                                                                         Fotos Cortesía de El Maestranza

Juan Manuel Moreno y sus "Dos maneras de sentir"


"Dos maneras de sentir", la ópera prima de de Juan Manuel Moreno (Carcaboso, Cáceres, 1979), es un viaje a los tiempos fundacionales del Flamenco. Unos tiempos en los que era más importante disfrutar del cante y del toque que someterse a la tiranía de una especialización a ultranza. Recordemos, en este sentido, nombres como Juan Breva, La Antequerana o Anilla la de Ronda, por citar algunos, que solían acompañarse con la sonanta. Esas son las dos maneras de “sentir” de Juan Manuel, como guitarrista y como cantaor.



Juan Manuel Moreno, como buen guitarrista, conoce los cantes, pero va más allá: le gusta cantarlos. Conozco a más de un cantaor que le pasa lo mismo con la guitarra. Les gusta la guitarra y la tocan, pero no se atreven a hacerlo en público.  Por eso,  “Dos maneras de sentir” es a la par un disco romántico y valiente. Romántico porque en él priman los sentimientos. Valiente porque tiene el valor de ponerlos por delante de tecnicismos empobrecedores.
“Dos maneras de sentir” mira también al pasado cuando revive toques y canciones de Cáceres y Badajoz que pertenecen al folclore popular extremeño: jota cuadrada,  jota de los toritos, jota de la Zarza, rondeña cacereña y fandango pacense de Villanueva del Fresno. Todos con aroma bulearero. Precisamente por eso, bautiza este tema como “joterías”, es decir, jotas por bulerías. Así es cómo nació el Flamenco: dando un nuevo espíritu individual a canciones que eran de todos.
“Dos maneras de sentir” es además un disco que rebosa flamencura, porque es puro sentimiento. Juan Manuel no solo toca la guitarra y canta —también ha producido el disco—, sino que ha escrito las letras que dice. Y habla de lo que siente. En este sentido, destacan la soleá “Tú naciste y yo nací” que le hace a su mujer Demelza con acompañamiento de palmas y percusión y que cierra su hija con un “Anda, ole, papi”, así como la nana, “Mi niña chiquita se quiere dormir” que le canta su mujer a su hija Paula y que él remata por rondeña.
Como guitarrista da sobradas muestras de su dominio de las seis cuerdas por soleá en el tema que titula “Los Arquetones” con un toque pulcro e imaginativo. Como cantaor hace unos apuntes por tangos; se luce interpretando una zambra dedicada al Beni de Cádiz con letra de Quintero, León y Quiroga y acompañamiento de piano; se acuerda de Jerez por bulerías con un ingenioso juego de palabras en el título, “Carcaboso de la Frontera”; y cierra con unos fandangos que se acompaña él mismo.
Moreno ha sabido rodearse además de una pequeña orquesta de músicos punteros: Juan Antonio Sánchez (piano), Roberto Jaén y Abel Harana (palmas y percusión), Yelsy Heredia (contrabajo), Ostalinda Suárez (flauta travesera), Nerses Ayakimyan (violín) y Jesús Ortega (pies).
“Dos maneras de sentir” se presentó en el Teatro Alkázar de Plasencia el pasado 7 de octubre y augura un brillante porvenir para el cacereño.
                                                                                                                                                     José Luis Navarro

Número 13. Enero 2018


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Magia y tecnología


Fueron muchos los momentos irrepetibles y la emoción que se apoderó del Maestranza en el merecidísimo homenaje que Sevilla le rindió a José Antonio Carmona Carmona “Pepe Habichuela” (Granada, 1944), actual patriarca de la saga granadina de las seis cuerdas, —“el último mohicano de la guitarra de Granada”, le he oído llamar—:  su soleá antológica, los ecos morentianos en la voz de Kiki, el recuerdo a Morente a través de Camarón de Pedro el Granaíno, la percusión de Bandolero, los tangos que se bailó Alba Heredia —nada les faltó, desde la fiereza sacromontana incluido el célebre “coñazo” hasta la femineidad hija del Guadalquivir—, el taranto que le cantó Antonio Campos, el diálogo “a quatre” que se montaron Josemi Carmona, Dani de Morón, Rafael Riqueni y el maestro Habichuela, por citar algunos.
Sin embargo, lo que nos metió el corazón en un puño fue escuchar cómo le tocaba por malagueña Pepe Habichuela a la voz de Enrique Morente. Un milagro de la tecnología, hijo de los sentimientos que Pepe profesaba por su compadre Enrique. Un hermanamiento del amor y la técnica. La magia del XXI.



No queremos pasar por alto tampoco los rostros de los jóvenes que vinieron de Granada con el maestro después de hacerse sus cantecitos y darse su pataíta nada menos que en el Maestranza de Sevilla. Otro momento mágico: la felicidad terrenal reflejada en el brillo de sus ojos.
                                                                                                                                                           Eulalia Pablo



Número 12. Noviembre 2017


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Número 11. Sepiembre 2017



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Número 10, julio 2017


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